Discurso de Luis XVI en la apertura de los Estados Generales

Estados Generales francia

Señores, ese día que mi corazón esperaba desde hace tiempo ha llegado por fin, y me veo hoy rodeado de los representantes de la nación, la cual me glorifico en comandar.

Un largo intervalo había transcurrido desde las últimas sesiones de los Estados Generales, y aunque la convocatoria de esta Asamblea pareciera haber caído en desuso, no he vacilado en restablecer un uso del que el reino puede sacar una fuerza nueva y puede abrir a la nación una nueva fuente de dicha.

La deuda del Estado, ya inmensa a mi subida al trono, se ha acrecentado más bajo mi reinado. Una guerra dispendiosa pero honorable ha sido la causa de ella: el aumento de los impuestos ha sido la consecuencia necesaria y ha hecho más sensible su desigual reparación.

Una inquietud general, un deseo exagerado de innovaciones se ha apoderado de los espíritus y acabarían por extraviar totalmente las opiniones si no nos apresuramos a fijarlas en una reunión de opiniones sabias y moderadas.

En esta confianza, Señores, os he reunido y veo con sensibilidad que ya ha sido justificada por las disposiciones que los dos primeros estamentos han mostrado en renunciar a sus privilegios pecuniarios. La esperanza que he concebido de ver a todos los estamentos, unidos en sus sentimientos, concurrir conmigo al bien general del Estado no será traicionada.

He ordenado ya en los gastos recortes considerables. Vosotros me presentaréis aún a este respecto ideas que recibiré con atención; pero a pesar del recurso que puede ofrecer la economía más severa, temo, Señores, no poder aliviar a mis súbditos tan prontamente como desearía. Pondré bajo vuestros ojos la situación exacta de las finanzas, y cuando las hayáis examinado, estoy seguro de antemano de que me propondréis los medios más eficaces para establecer un orden permanente en ellas y consolidar el crédito público. La gran y salutífera obra que asegurará la felicidad del reino desde dentro y su consideración desde afuera os ocupará esencialmente.

Los espíritus están agitados. Pero una Asamblea de representantes de la nación ¿no escuchará, sin duda, tan sólo los consejos de la sabiduría y la prudencia? Vosotros mismos habréis juzgado, Señores, que nos hemos apartado de ellas en varias ocasiones recientes; pero el espíritu dominante de vuestras deliberaciones responderá a los sentimientos de una nación generosa y cuyo carácter distintivo ha sido siempre el amor por sus reyes; descartaré cualquier otro recuerdo.

Conozco la autoridad y el poder de un rey justo en medio de un pueblo fiel y apegado en todo tiempo a los principios de la monarquía; éstos han sido la gloria y el prestigio de Francia; yo debo ser su sostén y lo seré constantemente.

Pero todo lo que se puede esperar del más tierno interés por el bienestar público, todo lo que se puede pedir a un soberano, el primer amigo de sus pueblos, podéis esperarlo de mis sentimientos.

5 de mayo de 1789

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