José de Carvajal y Lancaster

Nuestro personaje puede ser considerado uno de los hijos más ilustres que ha tenido Cáceres, donde nació en 1698, en el seno de una de las más linajudas familias de la villa. En efecto, sus padres serían luego condes de la Quinta de la Enjarada y su hermano mayor les sucedería tiempo después en los títulos de duque de Abrantes y de Linares, marqués de Valdefuentes y otros.

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Estudió en el prestigioso colegio mayor de San Bartolomé en Salamanca, del que durante los siglos XVI al XVIII salió la inmensa mayoría de la clase dirigente de Castilla, licenciándose en leyes, con una aplicación poco común en personas de tan alta calidad nobiliaria.

Sirvió primero como oidor (magistrado) de la Real Chancillería de Valladolid, de la que llegó a ser decano. Luego fue nombrado ministro togado del Consejo de Indias, lo que le supuso tener que marchar a la Corte, es decir, a Madrid.

A partir de este momento su actividad pública va a centrarse en labores de carácter diplomático, y asiste como segundo plenipotenciario a la dieta imperial que había de resolver el importante asunto de la sucesión a la corona del Imperio a la muerte del emperador Carlos VI (el antiguo archiduque Carlos de la guerra de Sucesión española), quien no había dejado hijos varones. Los informes jurídicos del cacereño lograron la elección como emperador del duque de Baviera, aliado y candidato del rey de España. Este éxito disparó la fama de Carvajal, quien a su regreso a Madrid fue ascendido en el seno del Consejo de Indias.

Poco después, el marqués de la Ensenada, ministro de Felipe V, lo introdujo en el entorno del Príncipe de Asturias, el futuro Fernando VI, circunstancia ésta que habría de ser decisiva en su carrera política.

En 1746, pocos meses antes de su muerte, Felipe V lo nombró presidente de la Junta de Comercio y Moneda, importante organismo en materia económica en aquellos momentos; y a finales del mismo año, muerto ya ese monarca, su hijo y sucesor Fernando VI lo designa decano del Consejo de Estado y, poco después, secretario de Estado, uno de los cargos más relevantes de la monarquía española, ya que de él dependía la política exterior, tan importante en aquellos momentos en que España era aún primera potencia europea. Tiempo después simultanearía este difícil cargo con la presidencia del Consejo de Indias.

Frente a la política belicista de su padre, Fernando VI prefirió seguir una dirección más pacífica, y trató de poner fin a las guerras pendientes que encontró al subir al trono. Don José de Carvajal fue en esto un eficaz instrumento, y tan pronto como la ocasión lo permitió, concertó paces ventajosas para España con sus enemigos, especialmente Gran Bretaña y Austria.

Esta política neutralista, después de tantos años de contiendas, fue sumamente beneficiosa para España, ya que permitió desviar los fondos que se destinaban a la guerra a otros fines provechosos para la economía. Carvajal y el marqués de la Ensenada fueron dos de los grandes ministros de la historia de España, y gracias a sus acertados actos de gobierno, nuestra patria pudo mantener su alto prestigio y su poder en la política internacional durante medio siglo más hasta la invasión napoleónica.

Fue don José de Carvajal un ilustrado de su tiempo, hombre culto e impulsor de instituciones culturales. Fue director de la Real Academia Española y fundador de la Real Academia de Nobles Artes, que se llamó de San Fernando en honor del rey Fernando VI.

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Tuvo un carácter austero y algo misántropo, pero recto e íntegro, cualidades éstas que hasta sus mismos adversarios se veían precisados a reconocer.

Nuestro ilustre paisano murió soltero en el madrileño palacio del Buen Retiro en 1754, habiendo sido agraciado tiempo atrás por el citado monarca, su gran protector, con el collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro, la más preciada distinción de Europa. Su muerte causó tan honda pena a los reyes Fernando VI y doña Bárbara de Braganza, que, en señal de duelo, estuvieron varios días retirados en sus aposentos sin dejarse ver.

José Miguel Mayoralgo y Lodo y Antonio Bueno Flores: Cien personajes cacereños de todos los tiempos. Badajoz: Corporación de Medios de Extremadura, 2004, 44.

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