El primer Marqués de Ovando

Don Francisco José de Ovando Solís y Rol nació en Cáceres en 1693. Ingresó en el ejército y tomó parte en la Guerra de Sucesión, que por aquellos años se reñía en España. Sin embargo, cuando Felipe V reorganizó la marina, fue uno de los primeros en formar parte de los batallones de la Real Armada, lo que hoy llamamos infantería de marina.

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Declarada la guerra a Austria en 1733, se prepara la reconquista de Nápoles y Sicilia para el infante don Carlos, hijo de Felipe V y futuro rey Carlos III de España. Ovando, ya capitán de fragata, recibe la orden de tomar Brindisi. Entró una noche disfrazado en la ciudad a reconocer el terreno, y al día siguiente con ochenta granaderos se apoderó de ella, obligando a los austriacos a refugiarse en los dos castillos que la defendían. Atacó sucesivamente ambas fortalezas, logrando rendirlas, y se ganó el favor de los vecinos castigando severamente a algunos de sus marineros que habían cometido un robo. El propio arzobispo le envió ricos presentes, que Ovando no quiso para sí y le rogó que los llevara al hospital donde había más de cien hombres enfermos de los buques a su mando.

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Fue muy comentada esta victoria y el propio rey Carlos le concedió en octubre de 1734 el título napolitano de marqués de Castell Brindisi que luego, a petición suya, pasó a denominarse marqués de Ovando.

Es enviado a América y allí preparó minuciosamente un plan para recuperar la parte de Florida usurpada por los ingleses, que no llegó a ejecutarse. Fue destinado a Cartagena de Indias, donde le sorprendió el asedio de una poderosa escuadra británica. En uno de estos combates murió el famoso almirante don Blas de Lezo, y Ovando reclamó el mando de la escuadra como oficial de mayor rango y antigüedad, pero el virrey Eslava se lo denegó por no tener la graduación de general.

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Finalmente, los ingleses fueron derrotados, y Ovando recibió la orden de regresar a España, donde escribió una crónica del sitio de Cartagena de Indias, que acrecentó su fama como marino.

Ascendió al alto empleo de jefe de escuadra (equivalente al de mariscal de campo en el ejército de tierra), el marqués de la Ensenada le encomendó el mando de la escuadra del Mar del Sur, por lo que Ovando partió hacia Perú e inspeccionó el estado lamentable en el que se encontraba aquella flota. En 1745 fue nombrado capitán general interino de Chile, desde cuyo cargo chocó con el virrey del Perú, de quien dependía. Tras su cese, continuó su labor inspectora.

En octubre de 1746 padeció los efectos del terrible terremoto que destruyó el puerto del Callao y ocasionó enormes destrozos en Lima. El marqués de Ovando fue muy diligente en prestar auxilio a los necesitados y colaboró en las tareas de reconstrucción.

Poco después recibía el nombramiento de capitán general de las islas Filipinas y de presidente de la Real Audiencia de Manila. Marchó a Méjico, pero perdió el galeón de Acapulco que había de llevarle a aquel remoto archipiélago. Durante su estancia en la Nueva España casó con doña María Bárbara de Ovando Ribadeneyra, con quien no tenía parentesco, a pesar de su apellido.

En julio de 1750, el marqués de Ovando tomaba posesión en Manila de sus altos cargos, en los cuales desplegó mucha actividad: reparó la flota; creó una compañía de comercio, que serviría de base para la constitución de la Real Compañía de Filipinas años después; reorganizó la Real Hacienda; fundó diversas poblaciones, a una de las cuales llamó Ovando; y mantuvo guerras contra los piratas joloanos y moros, así como con algunos sultanes de la zona, aunque con otros firmó tratados de amistad y de comercio.

Pero Ovando estaba enfermo y pidió el relevo. En 1754 llegó su sucesor y él se embarcó con su familia para regresar a Méjico, a donde nunca llegaría, pues falleció en diciembre de 1755 cuando navegaba a la altura del golfo de California, siendo su cuerpo arrojado al océano.

Fue devoto de la Virgen del Buen Fin, venerada en el convento cacereño de Santa Clara, y mandó fundar en su villa natal una escuela de matemáticas con unas pagas atrasadas que se le debían, las cuales nunca llegaron a cobrarse, pero que revela su propósito de beneficiar en lo que pudo a la tierra que lo vio nacer.

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José Miguel Mayoralgo y Lodo y Antonio Bueno Flores: Cien personajes cacereños de todos los tiempos. Badajoz: Corporación de Medios de Extremadura, 2004, 43.

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