El mapa de Piri Reis y el predescubrimiento de América

Mi objetivo era un portulano de cinco siglos de antigüedad que, de aceptarse lo que contaban sus inscripciones, nos obligaría a reconsiderar cómo se produjo el descubrimiento de América.

El atlas en cuestión, fechado en 1513 y dibujado sobre una piel curtida de gacela de apenas 90 x 65 centímetros, todavía describe en detalle las costas atlánticas de España y Portugal, el cuerno de África, y buena parte de Centro y Sudamérica. Pese a que también incluye los perfiles de islas como las Maldivas, que no se cartografiarían hasta 1592, o marca el nacimiento del río Amazonas en los Andes, circunstancia ignorada a comienzos del siglo XVI, ésos son, realmente, los menores de sus enigmas.

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Hoy, tan misteriosa «carta de marear» es, además, razonablemente famosa. Novelas como El origen perdido, de Matilde Asensi, la convirtieron en un icono popular a principios de esta década, y yo mismo me ocupé de ella en un trabajo anterior, En busca de la Edad de Oro. Sin embargo, pese a mi insistencia en que ese mapa esconde una pieza importante de la historia del Descubrimiento de América, pocos saben que fue pergeñada por un navegante turco llamado Muhiddin Piri lbn Aji Mehmet, más conocido como Almirante Piri o Piri Reis, y concebida como un regalo para el entonces sultán otomano de Egipto.

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Piri Reis nació en la actual Gallipoli, el puerto más famoso de Turquía en el siglo XVI. Sus astilleros eran la envidia de Europa. Allí se fabricaban los mejores barcos del momento, y desde la Edad Media disponía de una magnífica área residencial para los capitanes de las grandes flotas. En su juventud, Piri recorrió desde allí todas las costas del Mediterráneo y del Egeo, incluidas las españolas, levantando acta precisa de cuanto encontró a su paso. Ayudó a su tío Kemal Reis a evacuar a los musulmanes expulsados de Granada por los Reyes Católicos, y participó con él en decenas de asaltos a barcos cristianos.

Además, fue un magnífico cartógrafo. Un dibujante agudo y excepcional que tenía una obsesión particular: en sus mapas siempre anotaba cuanta información útil pudiera recabar durante sus escaramuzas de corsario. De hecho, fue así como concibió su obra Bahriye («De la navegación»), un libro de 209 capítulos e ilustrado con 215 mapas, que abarca desde los Dardanelos a Gibraltar, y en el que ofreció detalles de tanta precisión que sirvieron a los navegantes turcos durante siglos.

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Pese a todo, ninguno de aquellos mapas alcanzaría en nuestros días la fama del atlas que regaló al sultán de Egipto. Hoy se lo considera una auténtica gloria nacional turca. Aparece en los billetes de 10 liras nuevas (unos 4,7 euros); varias paredes en Estambul lo reproducen en piedra o azulejo, y con frecuencia ilustra los carteles publicitarios de las oficinas de turismo del país. Tanta fama se la debe a Mustafá Kemal Atatürk, padre de la moderna y laica Turquía, ya que fue durante su mandato cuando se encontró el mapa —o mejor, la mitad occidental del mismo— entre los escombros de los entonces abandonados palacios del Topkapi.

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De hecho, en 1929, Atatürk «adoptó» como propio aquel descubrimiento y lo convirtió en uno de los símbolos de su emergente república. Y tuvo éxito: no hay libro de mapas que aborde la cartografía del Nuevo Mundo que no lo incluya en un lugar de honor. Y con toda lógica. Mucho antes de que los cartógrafos europeos se ocuparan de dibujar los detalles de América, un turco lo había hecho con una precisión asombrosa. La cuestión es ¿cómo lo hizo?

Por increíble que parezca, un documento tan manido como este mapa todavía esconde una bomba de relojería para los americanistas. Piri Reis, el hombre que lo pintó, se cuidó mucho de contar la historia de su atlas en el largo texto que escribió sobre el perfil continental americano. Allí, cerca de la actual Cuba, insertó una frase explosiva:

Estas costas reciben el nombre de playas de las Antillas. Fueron descubiertas en el año 890 del calendario árabe, y se cuenta que un genovés infiel, de nombre Qulünbü (Colón), fue quien halló estos lugares.

La dinamita había quedado a la vista de todos, aunque casi nadie se ha fijado en ella hasta ahora: aquel «año 890 del calendario árabe» es una fecha anacrónica. Otra más en la curiosa historia secreta del Descubrimiento. Se corresponde con el año 1485 del calendario cristiano. Y en 1485 faltaban siete años para que un europeo pusiera pie al otro lado del Atlántico. ¿Estamos, pues, ante un error del cartógrafo turco? ¿Se equivocó Piri Reis al adelantar la fecha del Descubrimiento? (…)

Piri Reis había elaborado su carta de América gracias a las informaciones proporcionadas por un prisionero español que había acompañado a Cristóbal Colón en sus tres primeros viajes. Y fue éste quien le facilitó todos los detalles y el mismo que le habló de cierta carta (un protomapa, debiera decir) que el Almirante llevó consigo para su empresa. Pero ¿por qué erró el prisionero al dar la fecha del primer viaje de Colón al Nuevo Mundo? ¿O es que quizá no lo hizo?

Para Ruggero Marino, el presunto desliz del atlas de Piri Reis demuestra que Cristóbal Colón pudo haber hecho un «viaje secreto», de exploración, a América, siete años antes de su travesía oficial. Ese viaje, según el autor de Cristóbal Colón, el último de los templarios, se hizo poco después de que el futuro Almirante descubriera que el rey Juan II de Portugal lo había traicionado.

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Y me explico: por aquel entonces, Colón trataba de convencer a la Corona portuguesa de la existencia de ricas tierras allende las Columnas de Hércules. Nadie pareció hacerle caso, pero el rey portugués, a sus espaldas, envió Mare Tenebrossum adentro a un capitán de Madeira llamado Domingo de Areo para que explorara esas supuestas tierras. A finales de 1484, Areo había fracasado en su empeño, pero las noticias de su intentona llegaron a oídos de Colón. Y éste, enojado, desapareció de la corte del rey Juan para no dejarse ver de nuevo hasta un año más tarde, en 1486, inclinado ante el trono de los Reyes Católicos.

¿Visitó Colón América en ese «tiempo perdido»? ¿Tiene razón el mapa de Piri Reis al marcar la fecha de su primer viaje en el «año oscuro» de 1485? ¿Fue gracias a ese protoviaje por lo que Colón siempre estuvo convencido del éxito de su empresa?

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No por casualidad, en torno a esas mismas fechas nació otro desconcertante rumor. Según varias relaciones publicadas a partir de 1574, unos diez años antes del primer viaje oficial de Colón, un capitán llamado Alonso Sánchez de Huelva fue arrastrado por una tormenta hasta las costas americanas. El tal Alonso, que debía conducir su embarcación de Vizcaya a Inglaterra, sufrió un golpe de mar que quebró su timón y lo arrojó contra una tierra ignota, lejos de España, habitada por indígenas que le tomaron por un dios. Sánchez enseguida intuyó que se había tropezado con algo grande. Trató de reconstruir su periplo en los diarios de a bordo al tiempo que ordenó a sus hombres que reconstruyeran su nave y se prepararan para el regreso. Cuando todo estuvo listo, pusieron rumbo a casa cayendo en otra desgraciada travesía. Atracaron en la Gomera casi a punto de naufragar. Y allí fueron atendidos por los hombres de Inés de Peraza, condesa de la isla.

Pero lo mejor aún estaba por llegar. Según la crónica que Juan López de Velasco hizo de estos hechos a finales del XVI, la casualidad quiso que conociera a Colón. Alonso Sánchez, extenuado, murió en brazos del futuro Almirante, legándole in extremis el mapa de su travesía y el relato completo de sus desventuras. ¿Fue ése el «mapa madre» que guió a Colón y, años más tarde, al propio Piri Reis?

La doctora Afet Afetinan, hija adoptiva de Atatürk y la estudiosa que más tiempo ha pasado junto al atlas hoy conservado en el Topkapi, sostuvo en uno de sus informes algo que siempre me ha dado que pensar. Llegó a la conclusión de que Piri Reis consultó no menos de treinta y cuatro mapas antes de elaborar el suyo. «Veinte de éstos —escribió Afetinan—, no tienen fecha. Sólo ocho fueron dibujados por musulmanes, de los que dos copias están en Estambul: uno de ellos fue diseñado por Ibrahim de Tunis (1413), ahora en la Librería del Palacio Topkapi, y el otro por Ibrahim de Trablus (1460), ahora en el Museo Naval de Estambul.» Y añadió: «Cuatro de estos mapas eran nuevos, dibujados por portugueses, otro árabe señala el océano Índico, los mares de China y algunas partes de África; y otro era de Cristóbal Colón, del hemisferio sur.»

Por desgracia, desconocemos el paradero de los más importantes. Entre ellos el del propio Colón, o el presunto de Sánchez de Huelva, cuya memoria apenas pervive hoy en oscuro busto en la onubense plaza del Doce de Octubre.

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Javier Sierra: La ruta prohibida y otros enigmas de la Historia. Barcelona: Planeta, 2009, págs. 24-33

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